Líneas cruzadas

2 marzo, 2015

Líneas cruzadas

Se juntan líneas bajo el frío cielo azul y forman esquinas. Éstas se unen en un baile de geometrías con las que delimitan formas, formas éstas que, según la perspectiva, son un todo en un mismo plano, creando en el estático sitio una imagen que, aunque cierta, solo es visible allí, apareciendo su única forma posible en ese espacio, el lugar donde las líneas convergen, donde  surge el dibujo con entidad propia. Si varían las coordenadas, aunque las líneas sean las mismas, la imagen creada por el espacio delimitado cambia; cambia lo suficiente como para ser otra imagen, otra forma, o solo líneas sin intención de delimitar nada.

Líneas, planos, tiempos, trazos que conforman la arquitectura de nuestras vidas; trozos de nosotros en imágenes reconocidas como parpadeos de diapositivas, piezas de puzles cambiantes que van trazando el mapa de nuestra vida.

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El resumen del año 2014

24 enero, 2015

Resumen año

https://taliesin65.wordpress.com/2014/annual-report/

9000 GRACIAS


Resplandeciente

24 noviembre, 2014

El movimiento de los cuerpos inertes  (2)

Resplandeciente

Era en ocasiones como esta cuando ella brillaba con luz propia. Su momento cumbre llegaba tras la (como siempre) agradable y larga cena, cuando los comensales se repartían en pequeños “gruppettos” para conversar distendidamente, comentar  novedades, hacer  pequeñas  confidencias… Allí estaba ella en todos esos momentos más íntimos y personales en que las personalidades dejaban a un lado los formalismos y la etiqueta y se tornaban comunes mortales con penas, ilusiones y, claro, sus pequeñas vanidades…

Ellas y ellos, atraídos por su luz, por su natural elegancia, por su conocida discreción, se congregaban a su alrededor y, “sotto voce”, le confesaban pecados, vertían arriesgadas opiniones, declaraban sueños. Siempre era así y ella, discreta, guardaba en silencio sus inquietudes y zozobras. Era, en suma, la perfecta y elegante dama anfitriona.

Por todo ello no comprendió por qué (hacía casi dos semanas de aquel aciago día) la habían abandonado en aquella horrible casa de subastas y colocado aquel vejatorio y deleznable  letrero: “Lámpara Tiffany. Precio de salida: 9.000 Euros”.

¿Quién dice que los cuerpos inertes no pueden vivir su propia entelequia?

Tiffany

 

 

 


Emblemático

10 noviembre, 2014

El movimiento de los cuerpos inertes (1)

 

Como cada mañana, acudía puntualmente a su trabajo, en la suite despacho de la planta 39 del edificio corporativo de Systens Global, en pleno centro de la City. Le gustaba su trabajo (a quien no), director ejecutivo de la empresa más puntera en el sector y, coordinador jefe de la mayor cuenta de Hidromex.

Pero lo mejor de su trabajo, no eran los secretarios particulares, ni el chofer que le trasladaba en su coche de lujo, ni las comidas en los mejores restaurantes de la ciudad (donde por cierto, siempre tenía una reserva a su nombre en cada uno de ellos), ni los viajes en jet privado, ni las elegantes fiestas a las que acudía, casi siempre como invitado principal. Lo mejor era saberse imprescindible para la empresa, saber que miles de millones pasaban por sus manos cada mes, que su firma valía más que la firma de un rey (pues de él dependían las gargantas sedientas de medio mundo), la sensación de poder que le producía ver cada mañana su nombre grabado con letras de oro, en la entrada del magnífico edificio. Él era el emblema de Systens Global.

Por eso sintió tanto desconcierto y estupor, cuando una grúa lo levantó por los aires, y depositando en un camión lo traslado a una cantera, donde tras quitarle la placa de oro que rezaba Systens Global a golpes de martillo, lo dejaron abandonado a la intemperie junto con otro montón de piedras monolito.

Sigue allí, sigue sin encontrar una respuesta a porqué la empresa prescindió de él.

¿Quién dice que los cuerpos inertes no pueden vivir su propia entelequia?

Monolito


Mamás

4 noviembre, 2014

Mamás

 

En la sala de maternidad del Hospital General (no importa cuál, pues podría ser de cualquier ciudad) ha tenido lugar un acontecimiento importante y hermoso: dos niñas mellizas acaban de llegar a este mundo. Nacieron a las once y treinta de un lunes del mes de abril de 2011, fecha que guardarán por siempre con especial cariño sus madres, Gracia y Anaïs. Están las dos en la cama, Gracia sentada al borde y Anaïs dentro de ella. Se las ve felices: sus caras sonrientes y sus gestos cariñosos dan buena cuenta del momento lleno de amor que viven.

 

–Anda, no seas tonta, nena, y vete a ver a las niñas –dice Anaïs–. Yo me encuentro bien y puedo quedarme sin ti un ratito. Además, están mamá y Estela.

 

–Bueno, vale, pero –contesta Gracia, mirando muy seriamente aunque con ojos sonrientes–, señora suegra y mi muy querida amiga, no le quitéis ojo a mi mujer o –

concluye riendo– toda la ira de los dioses caerá sobre vosotras.

 

Gracia le da un beso suave a Anaïs y abandona la habitación en busca de la sala donde se pueden ver a los bebés, que por más que le han explicado cómo se llama a ella le sigue pareciendo un escaparate de un concurso de bebés. “Preguntando se va a Roma” dice el viejo dicho que aún funciona y ya tenemos a Gracia delante del cristal (escaparate) donde están los bebés dispuestos en sus nidos. De entrada le parecen todos iguales, pero después aprecia una diferencia: los brazaletes de los niños son azules y los de las niñas rosas. “Sexistas” –piensa, indignada–

. ¿Cómo saber cuáles son sus niñas? A su lado hay un hombre de mediana edad (calcula que unos cuarenta y tantos). Le preguntará. Tal vez él sepa cómo se identifican.

 

–Disculpe, señor. ¿Cómo sabe cuál es su hijo? Es que yo tengo dos mellizas y no sé cómo identificarlas entre tantas.

 

El hombre de mediana edad (efectivamente, de cuarenta y muchos) la mira al principio aún con cara de papá bobalicón embelesado pero, cuando se fija en ella, su expresión cambia a una cara sorprendida, de  esas de decir “¡Guau! ¡Qué bombón!”

 

–Eh… sí -reacciona el hombre, sin dejar de mirarla con cara de arrobo–. Perdón, ¿qué me ha preguntado, señorita?

 

“Este tío no se entera de nada. Además, ¿por qué me mira así?” –piensa Gracia. Cae entonces en la cuenta de que al salir escopetada del despacho (“Maldonado y Asociados Abogados”) no se ha cambiado de ropa. Lleva puesto un más que atrevido traje, de falda algo corta, una blusa de seda estratégicamente desabrochada bajo su chaqueta entallada y, además, lleva doce centímetros de tacón y huele a Madeimoselle de Chanel… Con un gesto amable en su rostro, Gracia torna a preguntarle al señor:

 

–¿Sabe cómo debo hacer para identificar a mis hijas?

 

El hombre, ya repuesto del impacto visual, contesta:

 

 

–Sí, sí, claro. Hay que llamar a uno de los timbres que están situados a ambos lados del cristal. Saldrá un enfermera, le pregunta usted y ella le indica cuál es el suyo; bueno, las suyas…

 

Gracia toca el timbre con premura. Mientras, el hombre le da conversación:

 

–¿Son sus sobrinas?

 

–No, no –contesta Gracia-. Son mis hijas.

 

–Sus… hijas –dice el hombre, mirándola de arriba abajo con cara extrañada–. Pues qué rápido se ha repuesto usted –añade, sin poder evitar el comentario.

 

Gracia se vuelve hacia él mientras piensa: “decididamente, es tonto”. Con imperturbable sonrisa amable de abogada profesional, le explica al señor:

 

–Soy su madre porque los óvulos fertilizados que le implantaron a mi mujer son míos… –y deja la frase en suspenso junto a su sonrisa perfecta.

 

–Óvulos fertilizados… ¿Su mujer?… –comenta el hombre, confuso.

 

–Sí, mi mujer. Estamos legalmente casadas. Nos sometimos a un proceso de fertilización para tener hijos propios –aclara con satisfacción puramente lésbica–. El semen del donante es de un querido amigo común.

 

Gracia tenía intención de poner al día a aquel hombre sobre los derechos de la comunidad LGTB, cuando apareció una enfermera en respuesta al timbre de llamada. Se olvidó entonces del señor instantáneamente y preguntó a la enfermera cómo saber cuáles eran sus hijas. La enfermera, muy amablemente, le preguntó su nombre y el de la madre, a lo que Gracia contestó sin dilación. Como respuesta, la enfermera dio media vuelta dirigiéndose a uno de los nidos y recogiendo un bebé con uno de sus brazos; del nido contiguo cogió a la otra niña en el otro brazo, con una facilidad que a Gracia le pareció pasmosa, y se las acercó al cristal.

 

–Estas son sus hijas –dijo la enfermera–. Están sanas y son muy bonitas.

 

Gracia no podía dejar de mirar alternativamente a una y otra. Sus hijas, suyas y de su amor. “Nuestras hijas, cariño” –susurró–. Notó que estaba llorando de felicidad. La enfermera le sonrió, con sonrisa acostumbrada a tales reacciones, y volvió a depositar a cada niña en su nido.

 

–¿Ya saben cómo se llamarán? –preguntó la enfermera.

 

–Sí –contestó Gracia-. Ana y Adriana, aunque –añadió divertida– aún no sé cuál es cuál. ¿Puedo quedarme un rato mirándolas? –preguntó amablemente a la enfermera.

 

–Por supuesto, mírelas cuanto quiera.

 

Gracia se sintió intensamente feliz observando a las dos niñas. No había visto nada tan bonito en el mundo. De repente, vio que el hombre cuarentón había desaparecido y cayó en la cuenta de que hacía mucho rato que estaba allí. Tenía que volver. Echó a correr hacia la habitación de Anaïs para besarla, abrazarla, decirle que eran las madres con las hijas más bonitas de la galaxia y pasar el resto de la tarde hablando de las niñas.

nido

 

 


Viaje espectral

22 octubre, 2014

Viaje espectral

El espectro la había conducido con argucias a una gélida cámara de piedra, guiándola a través de una oscuridad opaca. En el inmenso pero delimitado vacío espacio interior (del cual no se vislumbraba el término, envuelto en sombras) sus ojos percibieron un tenue resplandor cobrizo que emanaba de una oquedad cuadrada, abierta a ras de un suelo formado por losas monolíticas pulimentadas, en el paño de un ciclópeo muro. El espectro descarnado y silencioso había desaparecido. El silencio sepulcral de la cámara se hizo denso y el tiempo se detuvo. El abyecto resplandor  carmesí corrompía la oscuridad de la cámara dotándola de vagos limites. A través de la oscuridad sanguinolenta, pudo ver unos escalones a modo de gradas, monstruosamente grandes, enfrentados a la oquedad del muro. La luz rojiza le atraía de manera  incontenible y despiadada. Se acercó al muro y se acuclilló: el hueco era lo suficientemente grande como para poder pasar a través de él arrastrándose. Le atraía produciéndole el vértigo de quien está a punto de ser engullido por el vacío. Dobló el espinazo hasta que su cabeza quedó más baja que el pétreo dintel, de manera que pudo ver un denso mar de lentas y silenciosas olas blandas del color del rubí. Al final del extraño mar, un sol refulgente como un disco de hierro candente marcaba el ocaso sobre el horizonte. Sintió la necesidad de atravesar el ignoto mar, pero en el último momento dominó aquel mórbido impulso. Incorporándose, se dirigió a las inmensas escaleras y comenzó la titánica tarea de subir los gigantescos peldaños que se perdían en la penumbra, fundiéndose con una oscuridad impenetrable.

A sus espaldas escuchó el espantoso aullido del espectro mientras su propio cuerpo desaparecía en la oscuridad. Al final de un tiempo incalculable, sus ojos vieron de nuevo pequeñas luces en la negrura y reconoció el blanco disco de la luna que gobierna sobre el manto de estrellas. Había escapado del mundo de los muertos.

rojo


El cumpleaños de la abuela

13 octubre, 2014

El cumpleaños de la abuela

 

Estaban todos sentados alrededor de la mesa grande del salón, que se encontraba

dispuesta con todos los honores: la mantelería de hilo fino, los cubiertos de alpaca

recubiertos de plata, la vajilla buena de porcelana… No era para menos. La “ceremonia” así lo requería: celebraban el aniversario de la abuela Ana y no se cumplen noventa años todos los días. Era ese el motivo festivo que tenía reunida allí a toda la familia.

Al final de la comida, que unos calificaron de estupenda y otros, por no ser menos, de deliciosa, llegaron los postres: una tarta de considerables proporciones y sobrado sabroso aspecto, que acaparó la atención de todos sobre ella en cuanto ocupó, cual reina, su lugar en el centro de la mesa. Cafés, infusiones y licores, hicieron también su aparición (estos últimos con más discreción). Charlas, conversaciones cruzadas, se sucedían en la sobremesa festiva y distendida, cuando una voz se alzó por encima de las demás:

–Mamá, mamá, cuéntanos de nuevo cómo te casaste con papá.

Las miradas de todos los presentes buscaron a la homenajeada asintiendo, sonriéndole y animándola  con la mirada a contarlo.

–Sí, eso, cuéntalo, abuela –apuntilló con tono de ruego uno de sus nietos.

La abuela, sentada como correspondía a la cabecera de la mesa, permaneció callada. Inició un lento recorrido con la vista por todos los que estaban sentados a su alrededor: tres hijos (dos varones y una hembra), cinco nietos (tres chicos y dos chicas) y un bisnieto. En silencio, mientras los miraba, pensaba: “Sois mi familia, mi descendencia, yo os he engendrado, yo he procurado por las vidas de todos los que venís de mí, sois ‘Mi’ prole”.

–Venga mamá, anímate –comentó, ante el silencio de la madre, su hija–. Cuéntanos cómo os hicisteis novios, lo del traspiés de papá camino al altar, lo felices que fuisteis…

Ana, con voz templada y clara aún para su edad, fijó la mirada en su hija y dijo:

–Yo me hice novia de tu padre porque no me quedó otra, porque en el pueblo ya comenzaban las lenguas viperinas con las habladurías y no faltaba quien decía que lo mismo lo mío era la vida religiosa. Me hice novia de tu padre para tapar bocas, bocas que decían, no sin razón, que a mí lo que me pasaba es que me gustaba Emilia Fuentes.

La reunión familiar escuchaba atónita y en silencio la insólita y nueva versión de unos hechos que la familia creía conocer de sobras.

Ana prosiguió con un tono más tierno, más evocador:

–Nos conocimos en la escuela y enseguida fuimos amigas de uña y carne. De niñas siempre jugábamos juntas. Cuando ya éramos mocitas salíamos de paseo, íbamos a las ferias y fiestas, bailábamos la una con la otra y también, claro, con algunos de los mozos que nos lo pedían (que nos lo pedían muchos). Éramos las dos muy buenas mozas: Emilia siempre me decía que yo era la mujer más bonita de la tierra y a mí me parecía que lo era ella.

La abuela sonrió con cierta tristeza y se calló de nuevo. Nadie de los presentes dijo ni media palabra. En silencio y estupefactos, permanecían como hipnotizados ante aquella narración-revelación.

Ana cogió aire con sus viejos pulmones y, mirándolos de nuevo, prosiguió en un tono más cabal, más maternal:

–Aquello no podía ser: podían denunciarnos y meternos en la cárcel o apalearnos sin que nadie dijera nada. Sentíamos miedo. Yo tuve miedo.

La mujer hizo una pequeña pausa y prosiguió hablando:

–En una feria conocí a Manuel. Me sacó a bailar tres veces en la misma verbena. Recuerdo que Emilia me dijo, en tono enfadado: “Mucho bailas tú con ese”. Yo a él le gustaba y lo sabía. Era un buen hombre, poco hablador pero muy trabajador, que tenía sus dineros y siempre me trataba de manera amable. Un día me invitó a salir a pasear y le dije que sí. Tenía mis razones: en casa, mi madre me decía de todo, desde guarra a enferma, que la madre iglesia condenaba a las viciosas como yo y que o buscaba marido o me echarían de casa.

Uno de los días que salí a pasear con Manuel, él me cogió de la mano y yo no la aparté. Después vinieron otras verbenas y ya solo bailaba con él; puede que alguna vez con Emilia, pero como yo ya tenía novio parecía que seguíamos siendo solo amigas.

En una verbena me besó Manuel por primera vez. Antes, en mi tiempo, los besos eran la señal de compromiso y así hicimos: nos prometimos y, en un tiempo decoroso, nos casamos.

El vestido bordado que llevé, lo bordamos Emilia y yo durante muchas tardes sentadas en la galería de casa, bajo la inquisidora mirada de mi madre. Fueron las últimas tardes que pasamos juntas. Ella se casó también, dos años después, con Carlos Puente, el ferretero.

Cuando Manuel, que en paz descanse, murió, lloré de verdad por él. Le tenía cariño. Fue un buen hombre conmigo y un buen padre, pero cuando hace cuatro años murió Emilia, lloré el más profundo dolor de mi corazón, lloré todas las lágrimas que me quedaban para esta vida, como solo se llora al amor de tu vida… –y arrancando una lágrima de su ojo, quedó de nuevo callada.

El silencio con el que la familia había escuchado el relato-declaración de la abuela terminó.

–Pero mamá… eso no puede ser –dijo uno de sus hijos.

–¡Hala, abuela! ¡Qué heavy! –soltó su nieto mayor.

–Pobre abuela, lo que tuviste que sufrir… –dijo una nieta.

–Me está dando un sofoco –atinó a comentar su hija.

–¿Sabéis? –dijo la abuela Ana, al tiempo que se ponía en pie dirigiéndose a todos–. Leí una vez, en una novela de un señor escritor de esos muy buenos, una frase que ponía al final: “Y necesitó toda una vida para exclamar ‘¡Mierda!’ ”. Yo entendí entonces todo el libro… –hizo una pequeñísima pausa– y como él, yo también he necesitado toda una vida para poder exclamar: ¡Soy Lesbiana!

La abuela se retiró y la reunión terminó.

La familia siempre recordaría en tiempos futuros, aún cuando ella ya no estuviera, cómo la abuela Ana había salido del armario el día de su noventa cumpleaños.

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