Emblemático

10 noviembre, 2014

El movimiento de los cuerpos inertes (1)

 

Como cada mañana, acudía puntualmente a su trabajo, en la suite despacho de la planta 39 del edificio corporativo de Systens Global, en pleno centro de la City. Le gustaba su trabajo (a quien no), director ejecutivo de la empresa más puntera en el sector y, coordinador jefe de la mayor cuenta de Hidromex.

Pero lo mejor de su trabajo, no eran los secretarios particulares, ni el chofer que le trasladaba en su coche de lujo, ni las comidas en los mejores restaurantes de la ciudad (donde por cierto, siempre tenía una reserva a su nombre en cada uno de ellos), ni los viajes en jet privado, ni las elegantes fiestas a las que acudía, casi siempre como invitado principal. Lo mejor era saberse imprescindible para la empresa, saber que miles de millones pasaban por sus manos cada mes, que su firma valía más que la firma de un rey (pues de él dependían las gargantas sedientas de medio mundo), la sensación de poder que le producía ver cada mañana su nombre grabado con letras de oro, en la entrada del magnífico edificio. Él era el emblema de Systens Global.

Por eso sintió tanto desconcierto y estupor, cuando una grúa lo levantó por los aires, y depositando en un camión lo traslado a una cantera, donde tras quitarle la placa de oro que rezaba Systens Global a golpes de martillo, lo dejaron abandonado a la intemperie junto con otro montón de piedras monolito.

Sigue allí, sigue sin encontrar una respuesta a porqué la empresa prescindió de él.

¿Quién dice que los cuerpos inertes no pueden vivir su propia entelequia?

Monolito


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