Las alucinaciones de los tenedores

 

Las alucinaciones de los tenedores

 

A veces algunas cosas que suceden me hacen pensar si no estaré loca, aunque creo que en este caso el origen primigenio fue una sobredosis de salsa brava. Este asunto es algo que me tomo de la misma manera que me tomo las pastillas, es decir, cotidianamente; por eso me preocupa y creo que es por eso que me tomo las pastillas (aunque esta última afirmación resulta un tanto aventurada e inconexa viniendo de mí, siendo como soy actor y parte de mi lamentable estado personal).

Toda esta introducción sobraría en cualquier narración menos insana que la mía, pero en esta  creo que es absolutamente necesario para que yo misma  y mis lectores haciendo piña conmigo comprendamos por qué me hallo aquí contando (pavorosamente sorprendida) mis más íntimos pensamientos, lo cual trae a colación la no menos descarada conversación telefónica que mantuve el otro día con una amiga sobre sexo mientras permanecía desnuda en brazos de mi amante  (este tipo de situaciones me resultan altamente desconcertantes).

Tomando todos estos datos por un lado y las correspondientes pastillas por el otro (para mayor calma mía y gloria de dios) procedo a relatar de manera meticulosa y  fidedigna una conversación que llegó a mis oídos de la manera más descuidada y poco pulcra del mundo (es decir, sin querer) en un restaurante de afamado nombre de la no menos afamada, reputada , renombrada e ilustre ciudad  de Barcelona, en la que, como en cualquier otra gran ciudad de las mismas características y abolengo cosmopolita , se es susceptible de morir atropellado.

Bien, dejando los preámbulos ampulosos aparte doy comienzo a la narración propiamente dicha.

Estaba yo (este dato es estadístico) disfrutando, como no podía ser de otra manera, de un suculento refrigerio en un céntrico restaurante cuando, así sin más, llegó hasta mis pabellones auditivos (tengo dos:  uno de diario y otro para grandes eventos, utilizando cada uno de ellos según la necesidad del aforo) una conversación que en sí no tenía nada de extraña, a no ser, claro, que se quiera puntualizar que las conversaciones entre entes inertes tipo tenedores de plástico de pans an companis, son de por sí altamente improbables.

Bien, la conversación versaba así:

Cari, que ya no me haces caso como antes. Desde que nos sacaron de nuestro hogar contenedor te noto extraña, distante…

No veo por qué me notas rara, prenda; sigo siendo la misma. Como no sea porque ahora estamos capiculadas…

(En este punto colegí que eran lesbianas o, coloquialmente, “boyeras”)

Estás como inquieta.

Sí, inquieta, pero yo no puedo hacer nada al respecto: está en mi naturaleza de  tenedor de plástico fabricado en serie en Corea del Norte; es mi cometido en esta vida: pinchar y moverme del plato a la boca, de la boca al plato; no sé, antes todo mi mundo eras tú, pero ahora…tal vez tengas razón y me esté distanciando algo de ti.

Podemos superarlo, cari. Yo esperaré aquí, languideciendo de tu ausencia, reposando vanamente sobre el papel protector de la bandeja de plástico, soñando con sentir de nuevo tu roce como antaño…unidas aún por la protectora goma de embalaje.

En este punto, miré de reojo al tenedor pequeño y negro que reposaba sobre mi bandeja junto a la fanta de naranja penetrada por una caña. No pude por menos que hacerlo, pues por el tono creí adivinar un hondo y lacerante dolor de ausencia en sus tristes palabras. Mi madre (que en gloria esté) siempre me decía que no me inmiscuyera en conversaciones ajenas. Esa enseñanza tantas veces repetida en mi niñez no llegó a ser nunca asimilada por mi bulbo raquítico  (pensamiento colateral o flas “lo siento mamá”) y allí estaba perpleja, a la par que acongojada, por aquella conversa íntima entre dos tenedores, sin comerlo ni beberlo.

Hundí el tenedor profundamente en mis patatas bravas, intentando acallar  aquella voz, amordazándola con la abundante salsa brava con la que estaban condimentadas las anteriormente mencionadas patatas. Durante un tiempo incuantificable (no porto reloj ni cosa que se le asemeje con que poder saber qué hora aproximada es) me dediqué plenamente en cuerpo, alma y papilas gustativas a mi bocadillo “ay ay ayyyyyy rancherita” oferta del día. Este remedio, alternado con sorbitos de mi naranjada, despejó mi cabeza haciéndome sentir mejor con la ingesta, momento en el cual apareció la amiga a la que estaba esperando.

Cesé en la masticación y  saludé a mi amiga como se saluda a una amiga, dándole dos ósculos repartiéndolos equitativamente sobre sus dos mejillas, y dejando una leve impronta de salsa brava sobre la derecha. Acto seguido y avergonzada, le dije “hazte así” y ella se hizo. Sin solución de continuidad y sin poder dominar mi salvaje naturaleza interior, le conté presta la conversación que (repito) sin querer había escuchado.

Mi amiga escuchó mi relato atentamente e interesada (hago notar que esta reacción es algo implícito en cualquier contrato de amistad estándar susceptible de ser impreso) y de manera cariñosa y educada, sin dejar de sonreír, miró hacia donde yacía sepultado el pequeño y negro tenedor  fabricado en Corea del Norte, dándome a entender con la mirada que relacionaba mi explicación con aquel objeto mueble.

A partir de aquí me es duro seguir…Mi amiga me hizo notar, de manera discreta, que era imposible que hubiera o hubiese escuchado la conversación que con tanto rubor le había relatado, pues sobre mi bandeja individual con mantel estándar de papel de pans an companis sólo había un tenedor…hincado en una solitaria patata.  Perpleja ante su puntualización (pues tenía fresca aún en la memoria la devastadora conversación) contesté un rotundo “NO. Te juro que estaban hablando”. Me callé al percatarme de que, efectivamente, en mi bandeja sólo había un tenedor. Comenzó entonces una búsqueda febril del segundo tenedor, durante la cual no tardé en verme acompañada por mi amiga, levantando, separando, escrutando inexorablemente cada milímetro, no ya de la bandeja, sino también del ámbito de la misma  (llamado mesa). La búsqueda resultó infructuosa y por ese motivo desoladora. En silencio y pidiendo excusas como una borrega a punto de morir  humana e indoloramente electrocutada, me di cuenta de la ruda realidad: mi mente trastornada y calenturienta (esto último no pienso explicarlo) había escuchado una conversación inexistente, pues “sólo” había un tenedor. Sin saber qué hacer, azorada y algo avergonzada, salió de mi boca un estrangulado “te lo juro: había dos”.

Tan sólo se escuchó a mi garganta tragar saliva. Tan sólo se sintió la mirada condescendiente y preocupada de mi amiga sobre mí.

Sí, sólo había un tenedor fabricado en Corea del Norte de manera estándar: nunca, jamás, había existido otro, de manera tal que la conversación por mí escuchada no había sido nunca real…No diré más. Simplemente, fue devastador.

Y esta es la historia cochambrosa  de la situación que me tiene acongojada y transida por dos…Invento conversaciones, imagino tenedores de más. Mi siquiatra pondrá de nuevo en su informe semanal, presentado por Rosa María Mateo, su lapidario “evoluciona desfavorablemente” y tendré que seguir viviendo con ello como hago habitualmente, debatiéndome entre si esta situación es debida al exceso de pastillas recetadas por mi siquiatra (aficionado donde los haya a probar cada fármaco nuevo del vademécum en mi persona) o  a la falta de ellas, lo que tiene sumida en este caos mi brillante mente de escritora.

Epílogo:

También es posible considerar que hubiera sufrido una alucinación debido a una sobredosis de salsa brava en mal estado. Este último ya razonamiento me deja más tranquila.

tenedor2

 

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3 Responses to Las alucinaciones de los tenedores

  1. Eva Escoda dice:

    Un relato en el que, a través de la imaginación desbordante de una escritora, se plantea una divertida situación sobre el propio proceso creador.

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  2. taliesin dice:

    Si, una no sabe si es la magia de la realidad, o realidad mágica… 😉

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  3. ángelah33 dice:

    vivimos tiempos difíciles y al no aclarar si es la del Norte o la del Sur, la confusión se agranda…

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