Las lecciones del aguacatero

Las lecciones del aguacatero

Del momento de estática tarde que se encamina ya a la anochecida, diluida entra entre la luz que se cuela por mi ventana blanca, enmarcada en interiores verdes de pequeñas hojas que protegen el rectilíneo, elegante, pequeño cristal a través del cual llega a mis ojos la imagen de la tarde, por la que sin moverme discurro en ella, como ella en el tiempo. El tiempo me trae la imagen del atardecer en ese ir a la noche de un árbol de verdes hojas repleto. Destaca alto y erguido, de brazos caídos y manos vacías, el aguacatero; se dibuja nítido de naturaleza, estrechando compañía con el gris frío del nuboso cielo de estos días primeros de invierno, compañía silenciosa que alberga coros de voces gorgojeantes de seres pequeños que dicen a la tarde (que se va de mi ventana sin moverse) que ha de marcharse y a los demás que ya es hora de estar recogidos, que llega la noche y sin dejar de mirar desde la calidez que me rodea, veo dentro y fuera cómo se van diluyendo las formas en sombras.

Sólo en estas tierras de mares los cielos de la tarde se desnudan con virtud impúdica ante la noche.

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