La Ferrería, una calle de cuento

La Ferrería; una calle de cuento

La nao de carga Sitges, estaba fondeada en el cai de la amurallada villa  de Avilés. Esperaba balanceándose tranquila con la marea, cercana a la puerta de la Torre del Alcázar. Puerta por la que se entrarían en la villa. Se allegaron con la chalana a la rambla, que daba paso entre las murallas, a la villa por la calle de la Rúa Nueva.

A la izquierda de la nombrada rúa, estaba una pequeña capilla, y la parroquia de San Nicolás de Barí, patrón protector de habitantes, casas y demás vidas transeúntes de la villa.  Pues era conocida la Villa de Avilés por su intenso tráfico marítimo, y la cantidad de mercaderías que allí llegaban de todas partes, unas para quedarse, otras para marcharse de nuevo, partiendo hacia puertos situados más al norte de Europa.

A la izquierda se abría una plaza bulliciosa. Encaminaron sus pasos hacia ella, pues querían preguntar por el comercio  del Maese tejedor, Don Javier  Delugarin, a las gentes, que por aquella plaza pasaban en cierta abundancia, con fardos, cestas y carretones.

Al cabo de un par o tres de intentonas, supieron darle señas del maestro tejedor.

Tenía su comercio y casa, casi al final de la Rúa Nueva. Que siguieran esa calle y cuando llegaran al final de los soportales, a la derecha verían la calle del sol. Pues haciendo esquina con las dos calles, estaba la casa del Maese Don Javier Delugarin, Conocida en la villa por la Casa Baragañas que les sería fácil distinguirla por el corte sobrio, pero palaciego de la misma.

Dio las gracias el capitán al gentil tonelero que les hubo atendido, y emprendieron  camino por la Rúa Nueva al resguardo de los soportales pues caía un agua fina, que sin parecerlo empapaba los capotes. Bajo toda la calle soportalada y bien empedrada había al principio una taberna llamada El Candil, después venían  todo tipo de talleres y comercios, herreros, carpinteros, toneleros, una tahona, una botica. Les pareció de muy rico comercio la calle bulliciosa, pues no cesaban de pasar carretones, y caballerías por ella.

Al termino de la rúa soportalada, vieron frente a ellos  el cruce indicado, a la derecha una calle, con una fuente, y justo haciendo esquina con ambas calles, la tal
llamada Casa de Baragañas, pareciéndoles de porte muy señorial.

A resguardo aún de los soportales, decidieron los cuatro hombres dividirse las tareas. El capitán Don Bernat Capsir, y el comerciante Don Miquel Sima de Vila, acudirían a la casa, donde tratarían con Don Javier Delugarin los negocios y transacciones, que a esta Villa de Avilés les habían traído. Quedaban encargados los dos marineros, de inspeccionar la Villa, y buscar los víveres, panes, harinas, aceites, y sal, para el avituallamiento de la nao, así como de  buscar los pertrechos necesarios para el provecho del viaje.

Cruzaron la calle el comerciante y el capitán, golpeando el gran portón, que fue abierto de inmediato, y entraron. Tratarán los asuntos de sus comercios, de la lana castellana que querían hacer llegar a Flandes, y de la compra de paños para el comercio con la Rochelle.

Les dejaremos con sus cuentas y cuitas, tiras y aflojas, y seguiremos a los marineros en el cumplimiento sus mandados y recados por toda la Villa.

Jaume y Oriol, que así se llaman nuestros marineros. Decidieron dar media vuelta por la calle conocida, pues no tenían ganas de más mojarse, y además a Oriol se le había abierto un agujero en el estomago al pasar por delante de la tahona, con ese olor a pan recién hecho. Podrían primero comer algo de ese pan, y mojarlo luego en un vaso de vino caliente en la tasca que dejaron al principio de la rúa.

Volvieron sobre sus pasos, valorando los soportales, y las casas blasonadas de buena piedra que quedaban a la diestra. -Parece una villa prospera, ¿no Oriol? – , Si comentó este-, aunque andaba más pendiente de encontrar la tahona dejándose guiar por su olfato. Pasada una tonelería estaba la tan deseada tahona, entraron sin dilación.

 – ¿Qué quieren estos guapos marineros?  –  Preguntó la guapa moza que regentaba el comercio. –Pan de ese que huele tan rico, dijo del tirón Oriol- La moza sonrió ante la premura del joven marinero- Disculpe a mi amigo bella noia-  , dijo Jaume, – pero para mí que trae hambre atrasada- y soltó una carcajada. Oriol se puso un poco colorado, – Pendón susurró-

La Moza le devolvió una sonrisa divertida. -¿A que se dé donde sois?-, dijo con desparpajo a los marineros. – ¿Y cómo lo sabrás moza? – Fácil. Por vuestros gorros de marino, yo diría que sois de las Cataluñas – . -Por la Moreneta que sí-, contestó riendo Jaume-

-Bien, ¿y qué pan es el que queréis?, tenemos pan de escanda, boroñona, hogaza, pan blanco, ¡ah¡ y marañuelas-.

 -Danos el que tú te comerías-, contesto Oriol.

 -Pues entonces guapo marinero, te daré una marañuela, no has probado nada tan rico antes, y a tu amigo un pan de hogaza, que me parece que es de menos remilgos y más llenar-.

-Y sabes donde podríamos  entrar en calor tomando una buena jarra de vino, que aparte de hambre también taremos sed, dijo Jaume-

-Sí, contesto la bella moza,  – al principio de calle, bajando casi enfrente de San Nicolás tenéis El Candil, una taberna donde dan buen vino, y mejor sidra-

-Gracias por todo bella dama-, contesto Oriol. -Dejaos de bella dama, me llamo Mónica, y si queréis pan o harinas para vuestra nao, preguntad por mi padre, Pedro el farinero, es molinero, y podemos proveeros de cuantas fanegas y pesos necesitéis-.

-Gracias Mónica, gran favor nos haces, acudiremos al molino de tu señor padre a por las harinas…y, bueno yo me llamo Oriol. Hasta otra bella Mónica – dijo sonriendo Oriol al salir de la tahona, con una sonrisa puesta en la cara.

Se allegaron a la taberna, El candil, aunque delante de la puerta  a Oriol casi no le quedaba nada ya de su marañuela. Sintieron nada más entrar en la taberna un calorcito acogedor y un extraño olor acre, mezclado con olores de vinos y comidas.

Ruidos de cacharros y conversaciones. Los parroquianos eran en su gran mayoría marineros venidos de otros sitios y gentes de los gremios de la villa.

Comieron y bebieron, probaron la sidra del lugar, que les resultó de extraño sabor, y más extraña aún la forma de verterla en los vasos…

Una vez saciados y espantado el frío, salieron de nuevo a las calles de la populosa villa a cumplir las comandas de su capitán. Siguieron las indicaciones del tabernero y cruzaron la plaza donde al llegar preguntaron. Era amplia y a un lado de ella se erigía un más que bello palacio, todo en piedra trabajado en relieves y de grandes blasones cincelados en la fachada, sin duda el palacio de uno de los notables de la villa. Y en efecto lo era, pues era el Palacio del Maques de Campo Sagrado.

Por un lateral, llamado la cuesta de la molinera que daba a otra puerta del cai, se entraba el palacio en la muralla, dejando eso sí, camino sobre ella para el paso de la guardia.

Según el tabernero, debían de subir por la calle Oscura, a la izquierda de plaza, bajo los pocos soportales que no se habían quemado en el incendio de años atrás, allí tenía la molienda Pedro el farinero.

Entraron en el comercio, he hicieron la comanda de lo que llevaban encargado; tantas fanegas de esto, tantos pesos de aquello, cuantos panes de aquellos. Oriol le comento al molinero que venían recomendados por Mónica la de la tahona de la Rúa Nueva

 -Tengo una buena comercianta por hija – dijo Pedro.  – Por eso la tengo al gobierno de la tahona, que aunque joven, es mujer fuerte y sabe mandar más que un hombre, pobre del mozo que se despose con ella…. – dijo sonriendo socarronamente.  – Pero eso no os servirá para que os rebaje ni un real de lo convenido – Terminó el molinero.

Hicieron el trato y quedaron en qué día sería cargado en la nao.

Siguieron calle arriba procurando los encargos. Compraron quesos, también tocino ahumado, un tonel de manzanas, otro de vino. En fin, dieron cuenta de la cuenta que llevaban encargada.

Para cuando terminaron las encomiendas ya estaban de nuevo en la calle del sol, solo que en la otra esquina. Enfrente tenían la Puerta de la fuente, decidieron no salir del recinto amurallado de la villa. Recularon unos pasos hasta la calle del Sol, a esperar a que su capitán saliera de la casa del rico comerciante. Esperaron, las luces del piso de arriba se encendieron.   -¿Te has fijado, que bonitas son las ventanas Jaume?  – Dijo Oriol.

 -Me fijo -, contestó Jaume,  en que está cayendo la noche y no deja de caer esta agua pequeña. Podríamos llamar al portón, si nuestro capitán va a tardar, quien sabe, tal vez cenen con Don Javier Delugarin, podríamos pedirnos el permiso de irnos a cenar a la taberna. Que más calientes estaremos, y salvo folgar ya nada tenemos que hacer, más que llevar a nuestro capitán a la nao.

Así lo hicieron, y permiso les dieron, quedando a una hora convenida, a la que tornarían a buscar a su capitán, para pernoctar en la nao.

Cuatro  días nada más tenía la nao Sitges, y su tripulación para llevar a buen término todas las demandas que su armador les había encomendado  desde la ciudad de Barcelona con aquel viaje.

En el segundo se encargaron de desembarcar las mercaderías que traían; cerámicas, muebles de bella traza, y especias.

Ese día Oriol se las apaño para pasar por la tahona de Mónica, a por su marañuela.

En el segundo se encargaron de cargar los avituallamientos para el viaje.

Cosa tal que aprovecho Oriol, para pasar un par de veces más por la tahona de Mónica, con la disculpa de comprar cada vez una marañuela, pues le decía a la bella moza que jamás había comido cosa tan rica, ni en tan buena compañía…

De las conversaciones en la casa de Baragañas, se sacó un cargamento de la más pura lana castellana, para transportarla hasta Flandes, donde Don Javier Delugarin tenía un socio e intereses económicos ligados a los tapices. Debían también traer paños de la Rochlle a un precio razonable. Cosas estas que se encargaría de realizar Don Miquel de Sima Vila.

El tercer día en la villa de Avilés, se cargaron los muchos fardos lana que se habían de transportar al norte.

Ese día Oriol también pasó a por su marañuela, pero esa vez Mónica ya estaba esperando que el mozo pasara, para dársela con una sonrisa y un vestido no muy adecuado para el trabajo en la tahona…

 -Qué bonita estas Mónica -, dijo él.

Ella se puso un poco colorada.

Jaume le llamó desde la puerta apremiándole. El se despidió con un  -Mañana pasare primero zarpamos con la marea 

Lo prometido es deuda, y Oriol de buena mañana fue a saldar la suya.

 -Buenos días Oriol -, dijo sonriéndole Mónica al verle entrar.  

 -Buenos sean bella doncella -, contestó el.

 -Te he preparado una cesta con unas cuantas marañuelas -,  le dijo ella, mientras la ponía encima del mostrador,  -para que tenga para tu viaje al norte 

 -Pero no tengo para pagarte tantas -, contestó un poco azorado Oriol.

 -Pues si no tienes… – contesto ella algo melosa,  – puedes dejarme tu gorro de marinero, así cuando recales de nuevo en Avilés, vendrás a por él, y con los dineros que hayas cobrado podrás pagármelas… 

Oriol contestó al punto que sí. Se quitó su gorro negro y rojo y lo dejó sobre el mostrador, le dijo a Mónica,  -cuídamelo, no tengo otro… – y cogiendo la cesta repleta de las dulces marañuelas salió calle abajo camino de la Puerta del Alcázar para embarcarse  en el navío.

Casi tres meses tardó la nao Sitges en tornar de su viaje a las ciudades de La Rochelle y Flandes. Fondeó esta vez en el cai de Avilés a la altura del puente de ojos. Entraron esta vez a la villa amurallada por la Puerta de Mar, que les llevó a la rúa de los Alfolíes, yendo a dar directamente a la rúa Nueva.

Hicieron esta vez primero parada en la taberna El Candil, a tomar unos buenos vinos, pues los negocios en las ciudades norteñas habían salido con unas muy buenas ganancias.

Se dirigieron de nuevo el capitán y el comerciante a la Casa de Baragañas a dar cuenta del viaje y los negocios realizados. Dando por ordenados a los marineros que quedarían a la noche en la dicha casa de Don Javier Delugarin.

Así pues quedaron de nuevo los dos marineros al cargo de hacer los encargos para el viaje a Portugal y a esperar como la anterior vex.

Quedaron entre ellos que Jaume comenzaría hacer los encargos, empezando por Pedro el farinero, mientras que Oriol iría directamente a ocuparse de los panes, en la tahona de Mónica. Se esperarían en la posada del Cuélebre, que daba mejor yantar que la taberna del Candil.

 -¡Ay neñu¡  – gritó Mónica al verlo . Oriol se rió con ganas, tan contento de verla a ella, como ella a él.  

 -Bella Mónica – dijo Oriol;  – aquí os traigo los dineros que os debía de las marañuelas. ¿Tenéis mi barretina?  -.  -Si la tengo. Limpia y recosida. Pero pruébate esta a ver qué tal te sienta -. Y sacó de un cajón del mostrador un gorro de marinero en blanco y azul.  

 -Como dijiste que solo tenias una, pues te hice otra, con los colores de esta villa, para que te acuerdes de mí en tus viajes 

Oriol se la puso, y notó enseguida el calorcito que la lana.  -¿Me queda bien?  – Preguntó riendo a Mónica.  -Te queda muy bonita – replico ella sonriendo.

 -¿Cómo haremos?, ahora yo torno a estar en deudas contigo  

 -Bueno – contestó Mónica,  -llévatela a tu tierra, y si vuelves por aquí y me la devuelves, es que querrás verme de nuevo. Mientras yo guardaré la tuya en espera de que tornes a por ella -.

 -Y  si torno a por ella, y a por ti….¿qué pasaría? Pregunto Oriol -, y la moza ruborizándose hasta tener la cara del color del fuego le contesto que -; tal vez, te lleves tu barretina y a quien la ha cuidado contigo  también -.

Los negocios de los respectivos mercaderes Don Javier Delugarin, y Don Miquel Sima Vila, fueron viento en popa. Partiría el navío Sitges del puerto de Avilés con las bodegas repletas de sal del los Alfolíes de la villa. De esa toda carga, dejarían la mitad en la ciudad portuguesa de Lisboa, y la otra mitad en la ciudad de Cádiz, para llegar rápidos y ligeros al puerto de Barcelona.

Quedaron los mercaderes, el capitán y el armador satisfechos de esta ruta que tantos dineros parecía procurarles, quedando de acuerdo en realizar la misma travesía durante los dos años siguientes.

Oriol volvió a por su barretina al año siguiente, y al volver de los trabajos de los países del norte, y con permiso de su capitán y de Don Pedro el padre de Mónica, contrajeron nupcias en la parroquia de San Nicolás de Baríde la villa de Avilés. Marchando juntos panadera y marinero hacia su nuevo hogar en la gran ciudad de Barcelona.

Y de esta historia viene el que Mónica tenga tantas recetas, y que sin saber por qué le gustase tanto la calle de la Ferrería, que es el nombre actual de  la antigua Rúa Nueva.

A Mónica Roig, con cariño y agradecimiento

Ferrería

 

 

 

Fotografía de Kati García Meana

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One Response to La Ferrería, una calle de cuento

  1. Guapo cuento Marta, con aires de nostalgia de tu tierrina.

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