Torcecuellos

Torcecuellos

La extraña posición dislocada de mi cuello llegó a su fin, cuando la parte de mi cerebro que se asoma al mundo topó con un título que le llamó la atención. Extendí el brazo y la mano adiestrada cogió con delicadeza el pequeño libro de la estantería. La inercia de la costumbre hecha hábito, me llevó a buscar el índice. El parloteo rápido de las páginas al pasar, me deparó una sorpresa, cayó de entre ellas una hoja rectangular de papel amarillento. Me agaché a recogerlo, parecía un recorte de folio viejo, se notaba en el rasgado de sus bordes irregulares. Sobre el papel se veía una letra pequeña y apretada, que supuse escrita en su momento con pluma, pues en el lento morir de la tinta  devorada por el papel, este había hecho su labor y apenas podía leerse de clareada que estaba.

Me senté en el suelo al pie de las estanterías, concentré mi vista en la nota; al pie había una firma. Andar Ruedatierra, volví la mirada al libro. “Los límites de los confines”, de Andar Ruedatierra. Era lo que estaba estampado sobre la piel azul del lomo nervudo, en diminutas letras doradas.

La nota decía así:

Es mi último ejemplar, ni hay ni habrá más, por eso he decidido guardarlo en la biblioteca, con la única condición de que nunca salga de ella.

Nunca pretendí que nadie ensalzara mi obra, nunca busqué la fama, solo quise dejar constancia de aquellas cosas, que sin voz propia claman por ser dichas.

A quien quiera que encuentre esta nota, gracias. Sé que el paso del tiempo la desprenderá de su escondite y con un poco de suerte alguien la encontrará. Tú, serás mi mejor crítico, ese lector “Torce cuellos” que ama la literatura y los libros, que disfruta en estos pasillos rebosantes de historias.  Para personas como tú escribí este libro.

Léelo, todo lo que hay cierto en él reside en mi corazón, y todo lo falso en mi mente pergeñadora.

Si te conmueve, si te hace pensar, tórnalo con sus compañeros de filas, en la estantería y sitio que tú elijas. Si no es así, llévatelo de aquí y préndele fuego, para que sus cenizas descansen en el infinito tiempo junto al polvo de mi huesos.

Leí el libro en apenas tres horas sentado en la biblioteca sin moverme, embrujado por el deslizar hermoso y preciso de las palabras que hablaban de cosas inadvertidas como si tuvieran alma, de parajes desconocidos en sitios cercanos sepultados por lo cotidiano, de sentimientos universales sin etiquetas de géneros, de ideales sin héroes.

Me conmovió, me hizo pensar en muchas cosas en las que nunca había reparado, evocó sensaciones que ya había olvidado…

Cuando devolví el pequeño libro a María Luisa, la bibliotecaria, esta me sonrió y me dijo:

-dame también la nota-.

-Pero…¿cómo sabes que había una nota?,si  la he encontrado yo…

– Sí-, me contestó ella- Eso lo hemos pensado todos los que la hemos encontrado durante los casi 70 años que lleva aquí-.

-¿ Quieres decir que este es el libro fantasma que cuentan que vive escondido en la bibli?

-Sí, el mismo-

Y sotto voce me contó la historia, que yo tenía hasta entonces por una leyenda urbana.

-”Los límites de los confines”, no está en el catálogo de la biblioteca, no lo ha estado nunca, no lo encontrarás en ningún fichero, ni ordenado en la estantería que por su género y orden alfabético le toca. Así lo quiso ella…

-¿Quién?-, pregunté sin poder evitar hablar en su mismo tono confidencial y misterioso.

-Andar Ruedatierra, que es el seudónimo de Ana Daros-.

Fue su primer libro, una edición de 20 ejemplares que publicó el Círculo de Lectura Epsilons, una edición barata, de la que se hizo un libro en edición de lujo para el ganador del certamen.

Ese, es el que tú has leído, el que por hurgar en las estanterías has encontrado.

Fue una buena escritora, una defensora del lenguaje, y de las historias sencillas y amables del día a día. La tienes en los ficheros, oficialmente tenemos tres libros de ella.

Pero  “Los límites de los confines” era su niña bonita y quiso dejarlo aquí, en la biblioteca de su pueblo a salvo de la estupidez consumista del mundo, guardándolo aquí, oculto pero no escondido, anónimo  entre otros miles de libros, para que algún amante de las letras, de los libros pausados, bien escritos y bien amados, lo encontrara.

Ella dijo una vez:

“Yo escribo para lectores “torcecuellos”, porque ellos se internan en los laberintos del mundo mágico de las bibliotecas buscando la belleza, y tuercen la cabeza para leer personalmente los verticales nombres de los libros.

Escribo como escribo, porque  al igual que estas pequeñas aves, quiero que mis libros pasen desapercibidos para el gentío, y aunque emigren a selvas, bosques y ciudades, tornen siempre a su nido”.

Los dos nos quedamos callados mirándonos.

-Y ahora- Dijo María Luisa, rompiendo el respetuoso silencio que se había creado- Dame la nota, y escoge un sitio donde dejarlo, para que él y ella puedan seguir aquí, vivos y a salvo de la vorágine de los desconocidos-.

_D3S8605

Anuncios

3 Responses to Torcecuellos

  1. Elisa Lein dice:

    El más noble oficio del de letras, “dejar constancia de aquellas cosas, que sin voz propia claman por ser dichas”.BRAVO!

    Me gusta

  2. Hay una errata, debería decir “escoge” en lugar de encoge.

    Me gusta

  3. e gusta mucho, es una historia muy guapa. Besinos.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: