Intercambiador

 Intercambiador.

La tarde se convertía en noche, el cielo era de un gris manchado de nubes cabizbajas, la temperatura bajaba acompasada a la luz mortecina, el paisaje era opaco, monótono y anodino, una mezcla de vejez y olvido. Al final de la carretera que discurría angosta y sinuosa entre oscuras montañas, había un puente atravesando un rio de aguas lentas y frías, al llegar a su altura se podía observar la decrepitud de su estado, el  metal del que estaba hecho se mostraba corroído, mellado, negro, como la carretera que se alargaba detrás de el como el espectro de una sombra.  La oscura carretera moría a  modo de calle central en un pequeño pueblo, apenas unas pocas luces desleídas y arteramente colocadas delimitaban esa metamorfosis. Las casas que se alineaban a lo largo de esa vía de manera descolocada y carente de gracia, estaban construidas de manera desmañada, únicamente las unificaba la sombra en la que parecían envueltas,  las paredes ajadas, sus colores desleídos, los cristales turbios. La atmosfera apelmazada y apática tomó vida con la llegada de un automóvil, que se detuvo lacónicamente delante de la única casa iluminada. Dos hombres y una mujer, descendieron de el con andar pausado. El interior de la casa era desangelado, el olor a humedad y a viejo lo impregna todo, las tres personas se detuvieron  en una pequeña estancia a modo de recibidor. Una mujer de edad indefinida se dirige a  ellos…

“Por favor esperen sentados en la sala, la directora les atenderá enseguida”.

Tras un espacio de tiempo, la directora se dirige a uno de los hombres, intercambian unas palabras, y desaparecen los dos por una puerta contigua a la sala.

En la sala sombría, quedan un hombre y una mujer. El hombre vestido de chofer se levanta, encamina sus pasos al recibidor, la mujer sentada aún se levanta y le intercepta. “Disculpe” dice llamando su atención, “¿Es usted el taxista que nos ha traído, verdad?”, él se gira y asiente con un parco movimiento de cabeza, “vera” prosigue ella “es que no le he pagado la carrera, si es usted tan amable de decirme el importe… ” .El hombre de uniforme le contesta con voz impersonal. “Las niñas bonitas no pagan dinero”. La respuesta la deja perpleja, ¿Qué? Atina a contestar. Para cuando reacciona el hombre de uniforme ya ha desaparecido.

Torna a la sala de espera, está más fría, el vaho de su respiración da fe de ello, las luces parecen más mortecinas, apenas sin fuerza, tiene la sensación extraña de que todo se va desintegrando, la decrepitud de la estancia es patente. Se siente inquieta y confusa.

Mientras espera, escucha el opaco crujir el sillón en el que está sentada, la sensación de incomodidad va en aumento, se levanta con sensación de apremio, a cada paso que da la alfombra se desintegra bajo sus pies, gira sobre si misma, los cuadros están ahora descolgados, los sillones cojos y raídos, le cuesta pensar.

“¿Ana?”, escucha a su espalda. “Si soy yo” contesta con alivio. “Hola, soy la directora de la estación de transito, ya tiene usted destino fijado. Si es tan amable de acompañarme”. Destino, ¿A dónde?,  ¿qué es este sitio?, ¿qué hago aquí? La directora le contesta. “bien contestaré a sus preguntas, pero encaminemos a la puerta, como ve casi no le queda tiempo” y señala una maraña gris de vacío infinito que literalmente se esta comiendo la sala de espera. “Esto” prosigue “es la muerte. Caronte la ha dejado en la otra orilla, si no termina de hacer el transito desparecerá, nada puede permanecer en la muerte. Su vida no termina, continúa  aquí y abrió  la puerta lateral del salón. Su nuevo destino”.

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