La epopeya de Aicarg

 

La Epopeya de Aicarg

 

Nos tumbamos boca arriba, sentí en mi espalda el frío del suelo helado, parpadee, un instante como un silencio respirado, cuando mi visión quedó de nuevo fijada en un punto, todo lo que vi fue nada. No había nada, un todo neblinoso abarcaba mi visión difuminando completamente cualquier intento de delimitar un horizonte, opacidad tejida con hilos imperceptibles, que formando desordenadamente filas amalgamadamente compactas convertían al cielo en una masa grisácea, inocua, sin principio ni fin.

 Respiré. El vaho de mi respiración se disipó en el aire, en el todo gris. “Siente el calor interior, como si fueses Aicarg”, oí que le decía a mi espíritu Leinad, y en medio de la nada comenzó a contarme quien era la montaña.

Aicarg lleva muchos sueños viviendo, siempre sola, ella Aicarg, sabe que nació poderosa, por lo tanto hermosa y orgullosa. Ella es la Única, nadie que camine puede andar mas allá de su cumbre, nada es más profundo que ella, ella es el fin de la tierra, solo ella se atreve a irrumpir en la nada. Cuando lo que Es se creó, tres elementos se repartieron los confines: cielo, mar, y tierra. Tomó porción primero el cielo, él es el más amplio , el inabarcable, por tanto el más poderoso. El mar tomó parte a continuación, ocupando tres cuartas partes de la superficie, abarcó cuanto pudo. La soberbia del mar es su fuerza. Quedó última la tierra, tomó la porción que quedaba, contempló a sus hermanas y a sí misma, y solo vio llanos uniformes delimitando espacios ociosos. Sintió una punzada de rebeldía , se movió inquieta sobre sí misma, recorriendo todo su cuerpo hasta sus límites, mesuró sus confines, aprendió a verse a sí misma y supo que no quería ser uniforme. Comenzó a ondularse sobre sí misma, buscó su calor interior dentro de sus entrañas, donde ni cielo ni mar podían entrar, y con decisión comenzó a levantarse hacia el vació del cielo, apartando al aire con su cuerpo, creando horizontes verticales, delimitando al cielo con sus rasgos altivos, y desde ese nuevo horizonte miró a sus hermanas, con el orgullo en los ojos. El cielo quiso dar escarmiento a semejante desafío, arremolinó al aire entorno a Aicarg, tejió nubes impenetrables entorno a su cumbre ocultándola. El mar quiso también castigar a la tierra, y tomando fuerza comenzó a poner cadenas de agua helada alrededor de ella, aprisionando la tierra bajo un manto de hielo. La tierra se debatió de nuevo contra la tiranía del cielo y el mar, buscó fuerzas en el centro de sí misma, tomó en un solo punto todo su calor interior, y con una convulsión comenzó a brotar de sí misma. Piedra incandescente resbalaba sobre Aicarg, como venas recorrieron las laderas y los llanos llegando al límite del mar helado, apartando al hielo con su calor, rompiéndolo con su fuerza, comenzó a introducirse en el mar, tomando en el avance espacio para su nuevo cuerpo, creciendo sobre el límite que antaño ocupara el fastuoso mar, modificando así de nuevo los confines. La sangre de Aicarg se desparramó sobre sí misma creciendo en el cielo y en el mar. Al final del titánico esfuerzo estalló en llamas que iluminaron la totalidad del mundo. Así nació de ella el fuego, y fueron entonces cuatro los elementos. Creció entonces hasta sobrepasar el manto de nubes, levantando su cabeza con sus ojos de fuego por encima del mar de nubes del cielo, y desde allí vio los cuatro puntos del mundo que ahora conformaban Todo lo que es, y los ató a sus pies.

Por eso nosotros sabemos siempre donde estamos.

Siente el calor de Aicarg, esa senda te lleva siempre a los tuyos”.

Respiré de nuevo, sentí el calor de la tierra en mi cuerpo. “Solo nosotros, los hijos de Aicarg sentimos el calor de la vida, corre en las venas de nuestros cuerpos roja como la de Aicarg, es la misma corriente, hay miles de cursos, pero todos brotan desde ella”.

Me sentí en medio del infinito, anudada a un hilo, conectada con todos los demás hilos vitales del universo, me vi como un meandro más en lo que se me antojó un mapa de las venas de la vida.

Ya nunca más estarás perdida”, me dijo Leinad mientras se levantaba tirando de mi. “Guíanos ahora tú a los dos hasta casa”.

Y así fue como Leinad, un Hombre Caballo, me enseñó a orientarme en cualquier mundo de los que existen.

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