…Y las malas a tos los sitios

 

…Y las malas a tos los sitios.

¡Me niego! El sonido retumbo por toda la Sexta Bóveda Celeste.

-Haga usted el favor de bajar la voz- Le reconvino el ángel recibidor que atendía su entrada.

-Me niego-, susurró la mujer, reafirmando su decisión acercándose al ángel hasta casi rozar su rostro. Este sorprendido por la amenaza implícita se movió instintivamente hacia atrás.

-Pero señora…- comenzó a decir, -no puede usted negarse-

-¿Como que no?, ¡no quiero entrar y no entraré!-.

El ángel recibidor la miró perplejo, nunca en toda su dilatada experiencia como recibidor le había ocurrido un caso semejante.

-Señora- dijo, mirando muy seriamente a la mujer. – Está escrito en el Libro de la Eternidad, figura usted aquí, ¿lo ve?- Y giró el gran libro escrito con letras doradas, al tiempo que señalaba con un dedo el renglón en que aparecía la entrada de esta.

Ella se inclinó levemente sobre el libro, mirando donde el ángel le indicaba.

-Me da igual- repuso.

El ángel suspiró. Afortunadamente los ángeles están dotados de infinita paciencia.

Se arrellanó es su silla, y con voz suave y conciliadora, tornó a explicarle a la mujer que el libro de registro de la eternidad contabilizaba todas las almas que, habiendo alcanzado el grado mínimo de bondad entraban en el cielo, donde habitarían para el resto de la eternidad en compañía de Dios.

La mujer clavó su mirada en él.

-Vera usted don Ángel- comenzó a decir, pero fue interrumpida con celeridad por este.-No, no, señora, no soy Ángel de nombre, soy un “ángel” – recalcó.

Y prosiguió.- Está usted en la Sexta Esfera Celeste, está aquí, porque ha fallecido es decir, está usted en las puertas del Cielo…-. Esta vez fue la mujer la que interrumpió la explicación del ángel. -Verá usted, señor funcionario celestial. Yo iba acompañada cuando sufrí el accidente de tráfico, y mi acompañante también falleció, nos dimos cuenta en su momento. No tengo nada en contra de estar muerta, no le estoy poniendo peros a ese hecho. Lo que trato de explicarle, es que si mi acompañante no está ahí dentro, yo tampoco entro. Es más, si es usted tan amable de indicarme donde puedo encontrarle le estaría muy agradecida. Así, ni usted ni yo, perderemos más tiempo.

El ángel anonadado tardó unos instantes en reaccionar. Incluso se permitió un pensamiento “Si los ángeles pudiéramos parpadear, ahora mismo yo parecería Betty Boop”. Retomó la compostura. -Señora…-, volvió a la carga. Fue inútil, la mujer levantando de nuevo el tono de voz, soltó un tremendo “¡Me niego!”. El resto de las personas, ángeles y demás seres presentes se volvieron a mirarla.

-Está bien, está bien señora, pero se lo ruego, no levante la voz- Dijo con tono de súplica. -Veré que puedo hacer. Espere usted aquí un momento, iré a consultar el Libro de los Destinos-. -¡Bien!- Fue la respuesta satisfecha de ella.

Transcurrido un rato incuantiflicable, pues en la Sexta Bóveda Celeste, no existe el tiempo, el ángel recibidor, tomó de nuevo asiento en su mesa, portando un libro.

-Veamos- Dijo dirigiéndose a la mujer. -Su acompañante, está en el infierno, así consta en la anotación 88.345.252-G, columna 34.456, del Libro de los Destinos.

La miró de manera adusta. -No puedo hacer nada. Me temo que no tiene usted más remedio que aceptar su destino-.Sentenció.

Ni hablar, no,no,no,no. Ya está usted mirando como puedo cambiar el pasaje, es decir, quiero, no, ¡exijo! ir al infierno.- Pero, ¡pero eso es completamente irregular señora!. Exclamó el ángel. Y prosiguió. -¡Nadie en su sano juicio pide ir al infierno, y menos teniendo plaza en el cielo!. ¡Pues yo sí!. Contestó ella en tono iracundo.

Para entonces todos los seres que estaban en Sexta Bóveda Celeste, miraban interesados unos, sorprendidos otros, hacia la mesa numero 365 B-1. que ya comenzaba a tener una considerable cola de almas en espera.

-¿Qué ocurre?-. Preguntó una hermosa y sosegada voz, a espaldas de la mesa del ángel recibidor.-Ilustrísimo Supervisor- Contestó la voz azorada del ángel.

-Esta señora, que se niega a ingresar en el Cielo, bueno…, que pide que la enviemos al Infierno, -Siguió atropelladamente.-Ya le he dicho que eso es irregular, que no puede ser, que…-Calma compañero, tranquilícese usted- Y alzando la vista hacia la “señora”, inquirió.- ¿Ese es realmente su deseo señora?-. Un sí, claro y conciso fue la respuesta que obtuvo.- ¿Y eso responde a algún motivo concreto?, ¿ es algún tipo de objeción de conciencia?. Dijo el Supervisor, dejando la última pregunta en el aire.

-A un motivo muy concreto- Contestó la mujer, haciendo hincapié en el “muy”. -Verá usted ilustradísimo supervisor- Prosiguió, imprimiendo todo el sarcasmo que le fue posible a su voz.-Mi acompañante, que ha muerto al mismo tiempo que yo, parece ser que ha sido destinada al infierno. Y yo, lo que quiero es estar con mi mujer.

-¿Su mujer?- Interrumpió el Supervisor.-Sí, dijo ella exasperada. Mi mujer.

No quiero estar en el cielo, de hecho me importa un pito el cielo. En fin, espero que siendo el Cielo, con todo lo que eso implica, respeten mi decisión. No pido entrar, pido ejercer mi derecho de ciudadana libre de NO entrar. ¿Queda lo suficientemente claro?. El supervisor con la misma voz hermosa y sosegada, sin perder un ápice de su compostura contestó. -Por supuesto señora-.

Bien, para estos casos raros, tenemos…-Tenía que salir lo de “rara”-, exclamó indignada la mujer cortando de cuajo la frase de su Ilustrísima. -Otro motivo más para no querer entrar “ahí” -Terminó, señalando con un seco ademán de su cabeza la Gran Puerta Dorada del Cielo.-Señora ¡compórtese!-. Soltó airado el ángel recibidor.-¡ Está hablando usted con el mismísimo San Pedro! -Sosiéguese hermano recibidor, esta señora no tiene porque saberlo, y usted debe de dar ejemplo de calma y de infinita paciencia-. Terció su Ilustrísima.

-¡Acabáramos! -Se oyó potente la voz de ella. -¡El portero en persona!. Pues sepa usted que me da igual que sea San Pedro, por mí como si es San Miguel embotellado. Me soluciona usted el problema y aquí paz y después gloria.

-Señora, modérese- Contestó San Pedro. -Que está usted rayando la blasfemia-.

-Mejor- Prosiguió ella-. Así ya tienen motivos para negarme la entrada-.

-Bien, dado que está claro que este alma no quiere ingresar en las filas celestiales- Dijo San Pedro dirigiéndose al ángel recibidor.-Haga usted que firme en el libro de renuncias, y dele su correspondiente resguardo. Una vez cumplimentada la documentación, llame por vía interna a Cancerbero y dígale que le enviamos un alma declarada en rebeldía- Levantando la cabeza, se dirigió de nuevo a la mujer. -¿Contenta señora?- Pues sí, muchas gracias señor apóstol-.Contestó ella.

Así fue como por fin Carmen y Susana, se pudieron volver a fundir en un tórrido abrazo en el infierno y seguir siendo felices pecando eternamente.

Para Acacia, sin cuya ayuda no me sería posible publicar estos relatos.

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One Response to …Y las malas a tos los sitios

  1. Acacia dice:

    ¡Viva la libre elección! Divertido y reflexivo. Gracias por la dedicatoria pero ¡mientes! el mérito es solo tuyo. Un beso.

    Me gusta

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