Freda, o la historia de la invisible

 

Freda o la historia de la invisible

 

Aunque desigual, la plaza del ayuntamiento era bonita. La casa consistorial que la presidía, era un antiguo edificio barroco de piedra vista, bajo cuyos soportales, que antaño sirvieran para albergar el mercado semanal, se reunía otrora la mas variada concurrencia. Transeúntes, lugareños, y en especial  dos grupos que ya formaban parte de la historia de la ciudad, en realidad eran en si mismos historia viva de la ciudad.

En el banco de la derecha próximo a la puerta los “Concejales”, en el de la izquierda las “Concejalas”. Ambos estaban conformados por grupos de ancianos, de diversos estatus sociales, pero aunados por la edad y la vecindad. A cualquier hora que se pasara delante de ellos, se le podía oír como arreglaban la ciudad, o ser objeto de su detenido análisis. Con ellos nunca faltaba un buen rato de charla, cualquiera que se uniera a ellos, era bien recibido.

Freda paseaba todos los días a su perro Chita, por la plaza. Cada día Chita era objeto de atenciones de los Concejales/as, y su dueña era retenida unos minutos, entre corteses saludos, y preguntas cotidianas, que siempre daban lugar a una conversación, con la que entretener las horas, y ampliar conocimientos sobre la historia de la ciudad. Freda conocía bien los argumentos de aquellas conversas.

El día del “milagro” hablaban ambos bancos, de uno de sus integrantes. Al igual que a muchos de ellos, la edad les jugaba malas pasadas, no era la primera vez que un miembro sufría un infortunio, y se le dejaba de ver, la mayor parte de las veces, para siempre.

Al hecho de la edad avanzada había que añadirle, el que las pagas de sus jubilaciones era exiguas, en algunos casos ni siquiera daba para vivir, y eran sus amigos quienes redondeaban, por así decir, sus sueldos.

Aquel día Miguel, apodado “el arcipreste”, no estaba. Freda le tenía un cariño especial. Era el mas longevo de los concejales, el mas amable y con el que mas tardes de amigable charla había pasado. Un  resbalón en un peldaño y su cadera crujió, partiéndose por varios sitios. Aquello significaba el preámbulo de la muerte. Sin pensarlo, Freda se dirigió al hospital. No la dejaron pasar, no era de la familia. Pregunto en el puesto de información, no le dijeron nada, no era de la familia.-Familia, familia¡ mascullo. ¡¡Pero si no tiene¡¡ Triste, derrotada, enfadada, volvió a la plaza, allí podría al menos saber que noticias tenían de el. Los concejales le dijeron, que tenia la cadera rota por dos sitios, que seguramente no le operarían, ya era mayor, y aunque  la sanidad privada lo haría, el arcipreste no tenia dinero para ello, y  la pública no se gastaba el dinero en viejos.

La idea de no volver a ver a Miguel, le martilleaba  la cabeza. Tenía que verlo, que poder darle un beso y decirle que estaría bien en nada.

Volvió sobre sus pasos al hospital, fue en vano, no podía verle. Sintió que tenia ganas de romperle la cara aquel estupido ser de bata blanca sin entrañas que recitaba sus negaciones con total parsimonia.

Salio fuera, quería gritar. Se paro a pocos pasos de la puerta –Dios- pensó, concedeme el poder verlo, no le dejes morir solo- y rompió a llorar.

Aunque el sol daba de plano, de pronto Freda se dio cuenta, de que su sombra había desaparecido, giro sobre si misma, no se vio los pies. Se asusto. –Estas perdiendo la cabeza, nena- Se dijo. Levanto las manos hasta la altura de su cara, no consiguió verlas. Entro en el hospital, en la sala de entrada había un espejo, se miro. No vio nada. Se quedo desconcertada, “sentía” que estaba allí. Has tenido una lipotimia y estas tirada al sol, pensó para si misma . Salio. No se vio tendida  en el suelo como esperaba. Sin pensar mas, volvió al edificio, entro en un ascensor, que la llevo hasta la tercera planta, hecho andar por el pasillo, paso por delante del puesto de enfermería, nadie le dijo nada. Miro en el archivador de trauma, Miguel Hita, habitación 12, se encamino a ella.

Había dos ancianos, ambos sedados, reconoció a Miguel y se acerco. Cogió la mano de Miguel entre las suyas, le pareció que la mano de su amigo quedaba suspendida en el aire, así sin mas. –Estate tranquilo amigo mío, voy hacer una gestión y vengo- Susurro.

En la plaza del ayuntamiento, había una administración de lotería, entro, se puso en una esquina y espero que cerraran. De camino había cogido un periódico, llevaba un trozo del mismo en el que figuraban los números premiados del día anterior en la bonoloto. Saco un boleto nuevo, lo relleno con los números premiados, cambio el día en la validadora y lo cuño. Volvió a dejar el día actualizado, y se sentó a esperar que la lotera abriera por la tarde. El tiempo se le hizo eterno. Tras salir, se encamino al banco Brando, estaba abierto de tardes, pero….se paro en medio de la calle, ¿si no me ve nadie, como voy a cobrarlo?, se sentó en un banco, y saco el boleto del bolsillo, de pronto, se vio la mano sosteniéndolo, y el resto del cuerpo.

-Gracias Dios- musito.

Habían pasado tres meses desde el día del milagro, Freda seguida de cerca por Chita, empujaba la silla de ruedas en la que iba sentado Miguel.

-Te dejo con los concejales, vendré a la una para llevarte a comer.¿ De acuerdo?

Ese día el tema de conversación de los concejales dejaría de ser Freda, y su suerte, Freda y su buen corazón, que había pagado la operación de Miguel y los gastos de su convalecencia, Freda, que había dejado todo el dinero de la bonoloto a disposición de los concejales. La “buena” Freda.

De cuerdo señorita, contesto Miguel. Aquí estaré en buena compañía hasta que “La buena” venga por mi. Freda se rió. Mirad chicos y chicas-dijo- Si queréis ponerme un apodo, cosa que es un honor para mi, llamadme “la invisible”, me gusta mas. ¿Y eso porque?, preguntaron ambos bancos. –Secretos de mujer- Dijo Freda. Así sea pues¡, contestaron los concejales/as.

Cualquiera que pase por los soportales de la plaza del ayuntamiento, y quiera charlar un rato, puede oír la historia preferida de los concejales. La historia de Feda, la invisible.

 Así la oí yo, y así os la he contado.

 

 

Para Ana, con cariño

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3 Responses to Freda, o la historia de la invisible

  1. Martín dice:

    Marta cielo¡¡ pero qué buenos momentos me haces pasar con tus cuentos. Un besote guapa. Martín

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  2. angela dice:

    ¡Tierna y encantadora historia!.

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  3. lors dice:

    Es una bonita hitoria,un poco surrealista pero humana y de corazon, a mi no me extraña que puedan suceder cosas asi, hay momentos en que uno se puede volver transparente a los ojos de los demas, no es el que mira el que mas ve, sino el que quiere ver el que ve. Un besin filipin aaaaaaaaaaaaaa

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